viernes, 11 de junio de 2010

Lo admito, Soy Mexicano

Vulnerable seguramente en Arizona... suceptible de ser remitido a la pesadilla Mexicana por ir en pos del sueño americano...

Soy Mexicano

No hay duda, es decir, incluso el INEPTY tiene ya esa información de mí;  soy hispano parlante, vivo en Latinoamérica, me gustan los tacos, las palabrotas, las parrandas, creo que odio levemente a FECAL y  al parecer no puedo resistir ver jugar a la selección mexicana en un mundial de Futbol. En conclusión: debo ser mexicano…
Recuerdo que inicié Teclado Expresivo sin un propósito particular, el preciso día que México ganó una medalla en los Juegos Olímpicos de Beijing
“Primera y Diez” Dije. No pretendo hoy, como fecha simbólica, cerrar el blog o algo parecido, pero es curioso que me sienta casi obligado a escribir acerca de ciertos asuntos que suceden y que me parecen curiosos.
Me pregunto mucho si la idea marxista de lo históricamente Inevitable, viene tanto a cuento, en lo que llamamos la realidad; ó si se trata de algo inevitable, precisamente por ser debido a alguna explicación que de mencionar, sonaría conspiracionista.
En “Primera y Diez”, recuerdo haber mencionado un asunto con el senado; como si, a sabiendas de  que  a nadie interesa realmente el hacer de nuestros legisladores, aunado a la excepcional cobertura de los momentos deportivos, (impulsando aún más a un desinterés por asuntos de política que pudiesen ser en otro momento criticados por los medios, con su oportuna declaración pública...) se hubiesen realizado movientos a juzgar, muy rápidos, para el ritmo acostumbrado del congreso.
La Imparable H1-n1, que desde la reformulación de ciertos limpiadores domésticos, no parece de lejos ó de cerca, una amenaza; en abril 2009 pareció ser suficiente noticia para pasar desapercibida otra de estas sesiones interesantes de nuestros H. Legisladores, que aunque el resto del tiempo no se preocupan de trabajar; en esas fechas, contrario a la lógica (y a saber, si incluso en contra de las reglas del congreso mismo), lo hicieron…
Hoy mismo, 11 de junio 2010, resulta una vez más interesante que resuene tanto el vacío del 0-0 que se vivió a eso de las 11am, y se ignore de nuevo,  la sesión que tiene lugar con legisladores en mi misma ciudad… una ciudad sospechosamente apartada de la civilización, aún en el paraíso tercermundista al que llamamos "nuestro país" ¡Y eso que hay gringuisladores también!
Curioso, muy curioso.
Mi abuelita negó la hipotética posibilidad de irse a Sudáfrica, ganándose un viaje, por un honesto miedo al canibalismo. Lo que se me hizo ligeramente incomprensible (y risible hasta las entrañas) en un principio, se aclaró a unos 30 minutos luego del partido inaugural del Mundial 2010. Conocidos actores de “La hora pico” con motivo del mundial de futbol, enfocaron determinado sketch a divertir (...) aportando datos de dudosísima fiabilidad, entre los que se enlistaba, asociándolo a Sudáfrica, el canibalismo…
Mi abuela no sabe leer ni escribir… aunque supongo que no hace falta ser poseedor de esas facultades para captar lo que enseña “La hora pico”.
Oh surrealista, Oh pandemónico, Oh ignorante, Oh violento, Oh conformista, Oh televisero, Oh piadoso, ¡Oh bincentenárico México!  Espero que Dios te apoye en el mundial (yo no)… y que no llegues al tricentenario; No así como eres justo hoy.
Nos vemos en la Meta, México.

martes, 25 de mayo de 2010

Volverte a ver

Cuando abrió los ojos, repitió la misma respuesta que daba desde hacía cinco días.

−¡Volverte a ver!

−Okey− dijo su madre−pero ¿sabes? Cada vez me convenzo más de que no dices eso por mí…− le explicó con una sonrisa, acariciándole el cabello y salió de su recámara.

Sonrió a su madre y se puso en pie sin responder, con la sonrisa aún dibujada en la cara.

Cuando escuchó tocar la puerta del cuarto de su hermano, se hundió de nuevo entre la almohada, aplastándose la mejilla y deshaciendo la sonrisa.

Se mantuvo ahí tirado sobre la cama un par de minutos y luego puso en el estereo “New York”, con la voz de Bono sacudiendo un escenario distante y repleto…

−¿Me prestas tus tenis azules?− interrumpió Roberto en mitad del momento entusiasta de la canción. Siendo ignorado, vio a su hermano subirle al estereo, y cerrándo los ojos gritar “NEW york, New York!!” Roberto dio un suspiro y se preguntó si de verdad merecía no tener un solo hermano normal, como sus amigos.



Roberto, con los tenis que deseaba en mano, se recordó a Román y su interminable viaje de mochileiro que llevaba ya unos 6 meses, de quien sólo ocasionalmente se acordaba, por las continuamente recibidas, fotografías donde a Román se le veía, casi en idéntica posición, en diversos sitios urbanos y rurales de sudamérica. A partir de la tercera foto de este tipo, Roberto escuchó a Rodolfo decir que eso no era nada nuevo, que así hizo el duendecillo de jardín del padre de Amelié Poulain y que Román no hacía más que imitarlo.

Roberto sólo pudo juzgar que sus dos hermanos estaban dementes.



Al reportarse al desayuno, los dos chicos traían caras de felicidad, y vaya que debían tener motivos: uno de ellos con un par de nike 90 azules edicion especial en los pies, y Rodolfo, habiéndo despertado con U2, no estaba falto de motivos. Doña Carmen, se dijo una vez más que no alcanzaba a entender o siquiera imaginar los pensamientos de sus hijos, aunque los amara tanto como lo hacía. Lo mismo podría decir de Roldán, sus esposo y el padre de sus hijos.

Doña Carmen no era genetista, ni nada por el estilo, aunque se juraba que en su familia no había tal clase de rarezas, por lo que hacía responsable de las conductas de sus hijos, a la familia de su esposo. Ella no sabía de casos extraños de sus antepasados, con la rara excepción de su tío Lorenzo, quien debido a su trabajo en un barco de cabotaje, llegó a generar una gran cantidad de familia en toda la costa del golfo. Recordaba la casi naturalidad con su familia recibía cada cierto tiempo a hijos e hijas del tío Lorenzo, algunos con parecidos inminentes, y otros que ponían en duda la paternidad del tío…

Carmen consideraba que fuera de aquel suceso tan enormemente aislado y excusable de nombre tío Lorenzo, en su familia no había rarezas. Aunque la verdad nunca hizo por conocer la juventud de sus otros tíos; de sus abuelos… o sus mismos padres. Para ella bastaba por tenerlos como santos y ya.



Roldán llevó a los dos chicos a la escuela.

−Tu moto sale mañana…

− ¿De verdad? – dijo rodolfo. Roberto no perdía detalle, pero la verdad no era que la cosa le interesara mucho.

−pero ten más cuidado, ¿sale?

−jaja, está bien, ya no vuelvo a tomar fotos mientras conduzco

−Estás loco… − le dijo roberto a su hermano, antes de bajarse, meneando la cabeza

−Por cierto, me debes como dos mil pesos por la moto¬− dijo don Roldán y padre e hijo se carcajearon.



Los amigos de Rodolfo quedaron con él en salir a correr de nuevo. Rod ansió que llegara la tarde.

Nada nuevo asomó en toda la tarde. Ni en la tienda de costumbre.

Fastidiado, se encaminó a casa y aunque la luna menguante estaba bien a la vista, no le importó perdérsela, mirando en vez, a la calle a través del cristal sucio. Vio personas, edificios, tiendas, coches, y luces que a través del cristal como que formaban círculos entre los muchos rayones.

Antes de abandonar el centro, su autobús debía cruzar un paso peatonal más, el último previo a dejar la zona. Antes de llegar al mencionado cruce, una dama de a bordo, sufrió un ataque… todo mundo se alarmó, y el chofer, pidió a los pasajeros cambiarse al autobus que tenían delante, para comenzar a arreglar las cosas y continuar el viaje.

Varios curiosos se arremolinaron de prisa en torno al autobús. A Rodolfo le fastidió más la situación. Al momento que subía al otro autobús, pudo ver a la niña de la extraña sonrisa. Era ella, no había duda.

−¡Es ella! – dijo casi gritando, y mereciéndose varias miradas. Ya a nadie se le antojaba otro ataque… o escena de tipo alguno.

La amenaza del autobús se cumplió, reanudando la marcha en un santiamén. Rodolfo sintió unas ganas enormes de bajarse, o arrojarse por la ventana o algo, cuando al volver a mirar hacia ella, notó una vez más que sí era quien creía… pero estaba acompañada…

El autobús apagó las luces del interior: un poco de luces de avenida y otro poco de luz de luna iluminaron los asientos junto a las ventanas. Rodolfo tenía uno de aquellos. Lo abandonó corriéndose al inmediato, cercano al pasillo, y haciéndose oscuridad en la cara.

Recordó la última vez que vio a la chica antes; se llevó un dañó la mano.

Esta vez con ambas manos en buen estado, en las penúmbras del autobús suburbano, llevaba una esperanza hecha trizas...

domingo, 16 de mayo de 2010

No pudo DF

No pudo la ciudad mas grande del continente,

Ni el murmullo incesante de toda su gente

Ni el pavoroso frío bajo la puerta

o el paisaje que desconcierta,



De mi mente apartarte ni un momento

No pudo, lo digo y no lo invento

ahora que antes de dormir de ti escribo,

Y feliz, como pocas veces, me siento vivo.



Pensarte, se volvió necesario

Soñar contigo, un requisito

¿Por eso al cerrar los ojos, a diario,

parece el sueño tan exquisito?



Lo millones y sus problemas

Sus posesiones y sus dilemas

No me han impresionado tanto

Como el sólo recuerdo de tu canto



Tienes flores ya de por sí,

No es necesario entonces que diga,

Ni que explique ni que te escriba

Lo lindo que es todo de ti,



Mas como buen necio que soy

Una excepcion a lo lógico hago

 Y te dedico este verso vago

Que a tu salud escribí hoy



Confío, sea de tu agrado;

es sólo una composición

De un tonto bastante reacio

Para cambiar su opinión…










Enero 2010

Ztul

miércoles, 28 de abril de 2010

A Tí Te Tengo Cada Noche

—A ti te tengo cada noche, a ella sólo en abril, y casi nunca. ¿Entiendes?

—No— respondió obstinada, enarcando su ceja de costumbre y mirando hacia su derecha.

— ¡No puedo creer que esa montonera caediza te interese más que yo!

—Intento que entiendas; eres especial, pero ella también… casi nunca la veo así. Y ésta es mi primera vez en años, ¿recuerdas? La primera vez desde mi tercer despertar. —expliqué

— ¡Como quieras! — dijo ella alejándose, sin tratar de comprenderme.

Llegaba yo a casa en el bus. El aire que osaba colarse por la ventanilla era bendito para a mis calientes mejillas… comúnmente temo que el viento me revuelva demasiado el cabello, mostrándolo horrendo, pero hoy, ni la más mínima brisa se asomaba a través de aquel orificio en la cara izquierda de la (bien llamada por Citlali) “cage with wheels”

Al bajar, luego de que el conductor fuese abucheado por una tontería, me sentí un poco libre de la atmósfera caliente que reinaba al interior de la Unidad no-recuerdo-el-número de la “Nueva Manera”, me sentí libre del agobiante sol que en abril hace sus días… recordé que apenas unos instantes hacía que un trueno resonó, como resquebrajando la masa de nubes que sobre todo lo visible se advertían.

Eso fue, se resquebrajó el nubarrón: la evidencia cayó presta en el dorso de mi mano izquierda; la delatora corrió un par de centímetros sobre mi piel, y un segundo después más evidencia comenzó a regarse, gota a gota, en todo el alrededor.

Caminé lento, pero con una preocupación: el hámster se mojaría, de no ser que llegara a tiempo para impedirlo… Un minuto después, un glorioso éxtasis inesperado me invadió.

El aroma de la lluvia incipiente sobre el suelo, es un deleite momentáneo que mucho me gusta olfatear… pude distinguir dos aromas, el del suelo construido y el de las zonas no cubiertas por concreto ni pavimento. Sin duda, es más penetrante el olor de la tierra sola, sin intermediarios.

Una vez que me deshice de aquellas molestas cosas que temo perder porque sé que al momento no importan, pero que me facilitan la vida en lo general; salí y recibí con una sonrisa las gotas en la cara… aún sin sol, la claridad me pareció altísima. Cerré los ojos y escuché pasar el viento junto a mi oreja derecha; rugiente, bravo, e intempestivo. Abrí los ojos y escuché un sonido que me trajo al mundo real de nuevo: los jodidos pollitos piaban de frío mojándose por la lluvia.

De regreso adentro, la luna asomó, y comenzó a replicarme, celosa de la lluvia.

—¡Demet! — dije una vez que se alejó —La amo, pero ¿tiene que ser tan difícil?

jueves, 22 de abril de 2010

Juliancito

7:56pm

/Adrián R. Olañez Yuseff// 4 años/

El proceso del divorcio de los padres, parece no haber alterado sus conductas significativamente, con la excepción de asegurar un disgusto por la oscuridad de la noche. No ha querido jugar en lo que va de la semana.

He pedido a la madre, quien quiso dar inicio al tratamiento del niño, que lo traiga a partir de mañana, en horario matutino.

Hemos quedado que el chiquillo asistirá a terapia antes de su hora de entrada al kínder.

Me parece posible que el niño relacione la oscuridad con la hora de dormir, y con ello el momento de las aparentes disputas ya interrumpidas, de los padres, rechazando así el hecho del anochecer. (Es hipótesis)

˜

—Todo por hoy, me largo ya­— se dijo Amanda, cerrando la notebook, y el caso, por el día.

Recogió su chaqueta, mirándola con rechazo y mostrando flojera al gesto de levantarla. No había frío. Hacía tres meses que no había frío, salvo algunas cuantas semanas heladas, de frustrante relación con el latoso cambio climático.

No había frío, pero ella como muchos en aquel edificio, usaban aquel tipo de ropa, por nada más que por mostrarse profesionales.

Llegó al estacionamiento pensando en lo callada que había estado Karina, la madre Adriancito. Era curioso que hoy hubiese conseguido cerrar la boca la señora aquella. Amanda pensaba que la tal Karina llevaba a su hijo, sólo para disimular que era ella misma quien necesitaba la ayuda. El descubrir a su marido enredado con media docena de mujeres (actrices, maquillistas, chicas estúpidas que se mueren por irse a la cama con cualquier figura que haya salido hasta en un comercial de pasta dental…); dio al traste con el sueño rosa de la mujer. — Al parecer, la familia perfecta con casa en los suburbios y vista a la playa.— ¿Qué más daba? — Aquello era la vida real, donde toda esa clase de cosas, aún cuando no podrían ser llamados con justicia “pan de cada día”, eran frecuentes.

Lo extraño de Karina, es que hablaba mucho, contaba demasiado; y por lo que Amanda recordaba, ella nunca le dirigió más preguntas que las referentes al niño; la señora escupió todo limpiamente.

Igual y ya hoy se había quedado sin algo más que agregar a su historia. Quizás el encuentro con los abogados que mencionó por ahí, sería pronto y eso la traía con pendiente. De cualquier manera daba igual.

Amanda resultaba una mujer bastante práctica y lista: Se había autodiagnosticado parafílica de un voyerismo narrativo. Le encantaba escuchar de viva voz las penas de los demás. Conocer la intimidad ajena a través del habla, la ponía tremendamente encendida… Si Karina supiese que durante dos semanas había impulsado a Amanda a follar gloriosamente, difícilmente se lo hubiese creído. La atenta y discreta psicóloga no parecía esa clase de persona, aunque el calor entre sus piernas dijera lo contrario.

Amanda llegó a casa un tanto desilusionada, Karina no le había aportado nada nuevo. Empezó a forzarse a recordar una de los relatos más largos que hubiese escuchado de ella.

Lo recordaba casi todo; al menos, la sonrisa en sus labios y el beso apasionado a su marido, expresaron algo con ese sentido.

— ¿Qué más daba? — pensó, antes volver a besarlo y cerrar los ojos…

˜

Irene se hallaba en lo que podría considerarse su momento favorito en el trabajo; la hora en que los niños han salido y le dejan hojear su revista de chismes y fotos de famosos con poca ropa (ocasionalmente se trataba catálogos de zapatos o novedades para adelgazar). Le gustaba aquel momento, la tranquilidad era casi tan apabullante que le inhibía llevarse a la boca cigarrillos durante las horas restantes en la escuela, por lo que su adicción, se volvía por instantes soportable.

Es cierto que la enseñanza preescolar no es realmente exigente; aunque a ella le parecía algo muy vivencial, muy experimental… Irene se decía constantemente que una preparación de Psicología o Enfermería, vendría tal vez a ser más adecuada para lo que significa “enseñar” en un Kínder.

Ante su clase, era fácil fingir ser adorable; bastaba decir “cariño” o “Dulzurita” alternados con una sonrisa cada 10 minutos y nadie notaba lo mucho que eso le fastidiaba. Ojalá pudiese volver a los tiempos de estudio y elegir, elegir algo, cualquier cosa que no fuese impuesta por mamá; tal vez eso fuera el origen de todo. Es decir, los niños no le desagradaban del todo, sino la forma en que terminó ahí como maestra…

—¡Sandy! — dijo aullando más que gritando, una voz que se aproximaba con rapidez…

— ¡Sandy! —Insistió la voz. Era Pili, la educadora más joven (y según muchos pequeños, la más bonita también), que venía pidiendo socorro, en un estado francamente lamentable: los largos cabellos revueltos, la cara pálida, con ojeras, y una tartamudez desconocida.

Sandra Irene se preocupó y preguntó a Pili qué tenía… Pilar no pudo explicar sin trabarse unas diez veces…

—Calla y calma… ya vuelvo— y fue a la sala del profesorado, a buscar un par de tés, y unos calmantes a su bolso.

Estaba a punto de salir, cuando alcanzó a percibir de soslayo una silueta pequeña, cerca de la puerta de entrada al aula, justo a su derecha. Cerró su gabinete y al voltear hacia fuera, nadie. Se dio la vuelta como por una sensación inusual, y ahí estaba Adriancito, el conocido hijito del famoso Julián Olañez…

—¡Niño! No hagas esto, me asustaste— dijo al verlo, notablemente alterada, pero tranquilizándose rápido.

—Disculpe usted, señorita… p…erosieralaintenci…— dijo balbuceando casi lo último, como diciéndolo para sí…

—¿Cómo dijiste? —preguntó Irene, que notó algo raro

—¿sabe? No ha sido culpa mía, lo de la señorita Pilar…

—Pero, pero quién te dijo que fuese culpa tuya… No, anda, ve a tu salón, y diles que ya vuelve la señorita, ¿vale?

—Yo no miento señorita… Maslevaldríaquemin…— el niño dijo esto bajando la voz de nuevo, ya sin preguntar. Desesperándose un poco, la maestra le dijo que se diera prisa en llegar al salón.

—Pensé que ese niño hablaba claramente— se dijo al verse sola. —En fin…

—Pili, ¿cómo sigues? — dijo preocupada una vez más, Irene a su joven amiga. Desde que se conocieron se agradaban mutuamente, y podría decirse que se las veía como hermanas. Irene casi pensaba en Pilar como una hermana menor, casi.

—Me… ¿me trajiste un té? — dijo Pilar, no sin tragarse una cantidad sonora de mocos, antes de hablar.

—No sólo un té. — Contestó entregándole la píldora— Tienes que tomarla y contarme que rayos te pasa ¿sí? — de buena gana se tragó Pilar el comprimido y bebió la mitad de la botella que luego sostuvo en manos; al menos su llanto ya se había detenido. La tartamudez tardó un poco más en irse.

—Artu… ¡Arturo me dejó…!— dijo llenándose de lágrimas los ojos una vez más. A Irene ya le empezaba a desesperar el asunto. Se recordó a sí misma en relaciones que habían terminado de forma parecida tiempo atrás, y aunque sabía el dolor que se sentía en esas ocasiones, sentía envidia de su amiga; era más bella de lo que ella había sido, y con seguridad, Arturo sería sólo un escalón más en su camino. Al cabo tenía un cabello lindísimo, un cuello largo y soberbio, mejillas finísimas, y labios rojos por naturaleza, una cintura pequeña… manos cálidas… a través de los cándidos modelos que permitía la escuela, se adivinaba además, una forma de lo más envidiable, muslos torneados, pechos firmes… piel suave, y un aroma… Irene se detuvo; se forzó a detenerse. ¿En qué estaba pensando? ¿Por qué había derivado así al pensar en su amiga…? Cuando recobró la atención, escuchó a Pili decir:

— ¿Pero no sé cómo es que lo sabe? Si sólo hablé en el auto… no sé cómo es que sabe—dijo, aunque ciertamente, Pili explicaba más a sí misma, que a Irene.

—¡Pero lo sabe!, Sandy… el monstruito lo sabe… —explicaba Pilar con una mirada idiota que recorría el contorno de la rosca de su bebida—está muy raro… ¿o seré yo? ¡Qué sé yo!

—¿Monstruito? ¿Raro? — eso era extraño, Pili solía decir acaso cosas un tanto necias y raras para referirse a algunas personas, pero sin duda, esto no era su tipo…

—¿De quién hablas, nena? No te voy entendiendo. — explicó Irene.

—El niño guapito… el hijo del actor— explicó con rudeza Pilar— Sí sabes quién —dijo con ojos asesinos

—¿Juliancito? — Por el parecido con su padre, eran varias las personas que le decían así, aún cuando su nombre era Adrián.

—Se llama Adrián, y sí, él… ¡es un monstruito!

—Pero, ¿de qué hablas? Aquel niño apenas y habla bien. — contestó ella, recordando el episodio en la sala del profesorado.

—Se equivoca, señorita, sé hablar, y eso es lo que no le gusta— dijo el chico apuntando a Pila

—¡Es él! —chilló Pilar con un alarido

—No es mi culpa, señorita… ya se lo dije— insistió el pequeño, parado aún en mitad de la puerta; paseando la vista de Irene a Pilar casi demostrando que no se refería a ninguna en particular, o quizás a ambas.

— ¡Arghh! ¡Aléjate monstruito! — dijo acaloradamente Pilar. Irene adoptó inconscientemente una posición intermedia entre el chiquillo y su compañera.

Había algo que no le gustaba en ese niño, y no sólo era que las hubiese interrumpido con algo privado…

—Julián, no debes estar haciendo esto… escuchar a la gente mayor a escondidas no está nada bien.—dijo Irene con la voz más seria que pudo emitir —Vete a tu salón, como te dije.

Era algo más, algo indescriptible y que en parte surgía del terror con que Pilar veía al mocoso. Otra parte de su creciente miedo, venía en directa relación con los lentos pero seguros pasos que el chico había iniciado cuando ella le exigió irse…

—¿De verdad es tan malo que esté aquí, señorita? — dijo burlonamente; casi pícaro, de no ser por los ojos tan abiertos que comenzaban a inyectarse de sangre, y a causar una especie de tic, en Irene, que trataba de mantener la mirada… mantener la imposible mirada perdida de aquel monstruito, porque sí, justo ahora dejaba de ser un niño…

El chiquillo se aproximó más y más, tanto que casi estaba exactamente a la mitad de la distancia de las maestras a la puerta.

—¡Aléjate, engendro! — vociferó Pilar, cubriéndose los brazos y bajando la cabeza en alguna clase de movimiento rítmico de atrás hacia delante.

—¡Pilar! — dijo asustada Irene, ya no por las imprudentes palabras para dirigirse al pequeño engendro. A decir verdad, estaba de acuerdo con eso. Pero el gesto de la chica la asustó aún más

— y tú niño, ¡vete!... por favor, vete — insistió, sintiéndose desfallecer pronto, sin fuerzas y profunda, terriblemente aterrada. Los ojos de ese niño veían demasiado dentro de ella, casi podía sentir la mirada recorrer su mente.

—Ya ahora, creo que es tonto seguir diciéndole “señorita” a usted, Irene— dijo el mocoso con una sonrisa demasiado divertida, demasiado sucia para su cara, y demasiado sobrecogedora así unida a la expresión de los ojos que al momento llevaba…

Como el chico se detuviera un momento en su lento avance, las fuerzas volvieron, y la confianza de Irene se reanimó ligeramente.

—Ya vete, o llamo a la Directora— dijo amenazadora, e interponiéndose a consciencia, ente la atribulada Pilar y el horrible Juliancito que ante sí tenía.

—Me parece que mejor hablamos de usted, Irene. No puedo creer lo… transparente que es usted… que no le gusta ser maestra… como que se muere por un cigarrillo… —comenzó diciendo el chico con veloces palabras, obligando a Irene a abrir desmesuradamente los ojos y a tensar los músculos de la cara, además de ponerla toda roja en un santiamén.

—Mmm veamos, siente una gran confianza por la señori… por Pilar… por lo visto no la estima tanto… no le ha contado que quién ahora calienta sus sábanas y sueños es Arturo, y que es prácticamente por usted, que la dejado... — dijo todo esto lo suficientemente alto para sacar a Pilar de su estado y en cambio, colocarle una cara que decía dos cosas… “¿es verdad? Y ¿por qué?”

—Pilar… linda… todo mundo se pregunta el porqué… Todos lo hacen…— comentó burlón el deslenguado chico.

—Pilar, mija, esto… esto, no es así cómo él lo dice… yo no… no era mi intención… ¡yo nunca quise…! — mencionó Irene como para responder a Pilar, aunque aceptó lo que era verdad con su declaración…

—¿Que la dejara? ¡Mientes! Siempre la has envidiado… y de varias formas, según veo… — dijo de nuevo el horrible niño con una sonrisa obscena. Y reiniciando su lento acercamiento a Irene.

—¡Vete! —gritó Irene. A estas alturas, media escuela había escuchado los gritos, y maestras, incluida la directora, se dirigían al aula.

—No

—¡Vete! —dijo ella con los brazos hacia delante, como para empujar al chico, en caso necesario.

Cuando la directora asomó, se tragó un grito ante el indescriptible espectáculo: Pilar desmayada tras una silla junto al escritorio. Irene sobre lo que se adivinaba como el pequeño Julián, golpeándolo furiosa, manchada, como su alrededor, de sangre, aún cuando se adivinaba que el chico estaba ya sin vida… Cuando Irene se dio cuenta de las presencias ajenas, se retiró un poco de cabello de la cara, con el dorso de la mano, como para no mancharse más la cara con marcas rojas, y luego de escupir un poco de sangre, dijo con una sonrisa estúpida “¿Cómo les va?”

˜

Con un grito, Irene se despertó… temblorosa, prendió la luz de noche, y viendo que Arturo también se había despertado, le dijo que se encontraba bien, pero que era un estúpido por haberle cambiado las píldoras anti-insomnio, y le dio un pequeño golpe. Arturo se extrañó y luego de reír un poco por las locuras de ella, la abrazó, y la empezó a besar tiernamente.

Trece minutos después, terminaban de hacer el amor, en medio de una ola de calor y placer.

Diez minutos más tarde, Arturo dormía de nuevo plácidamente. Irene lloraba en silencio por Pilar, su amiga, y la novia de Arturo.

˜

Karina llevó a Adriancito bien a tiempo para la cita.

Estaba intranquila: se le podía leer en la cara. La creciente preocupación que la embargaba, se acentuaba en los extremos de los brillantes labios, pintados hoy de cereza; ¿los motivos? El creciente mutismo de su hijo, y la reunión concertada para ése mismo día más tarde, a causa de su divorcio. Traía en la cabeza toda la historia, tal como se la dio a conocer a la doctora, con quien sentía cierto… resguardo… en su tragedia personal; recordaba escenas realmente vívidas, de las visitas a los cafés con las amigas en las tardes de sospechas, las pláticas estúpidas de recomendaciones de detectives, las tarjetas de los abogados, y desde luego, el descubrimiento del engaño… La más dolorosa de todas las memorias: el marido descubierto, aceptando sin tapujos, y contando casi cronológicamente los encuentros con las amantes, y el falso perdón que pidió al final de su abominable historia.

Karina había confesado todo a Amanda, y desde entonces, se sintió un poco más aliviada, pero tener que ver a Julián ése día, era aún demasiado para su frágil estado de casi-tranquilidad. No quería verlo más, ni estar frente a su desvergonzada cara, o escuchar su risa psicótica al aceptar las constantes infidelidades cometidas…

No podría soportarlo… No quería.

—Buen día, doctora— dijo Karina maquinalmente, al ver llegar a Amanda, a la hora acordada.

— ¡Buen día, doctora! — exclamó Adriancito, visiblemente mejorado, al respecto de la última visita, y muy ignorante, por su corta edad, de los procesos legales en curso.

— ¡Qué tal!, Karina, Adriancito… ¿Descansaste bien? —contestó la doctora. El pequeño, que nunca había escuchado “descansar” como parte de un saludo matinal; en duda volteó hacia su madre.

—Es un saludo, mijo. Es cuando preguntas si alguien tuvo buena noche— explicó la doctora, intuyendo el asunto y notando que la madre, apenas y se dio cuenta del gesto del niño.

—Sí, bebé, contéstale a la doctora…— lo instó la madre, captando apenas el hilo de la conversación.

—Dormí bien, doctora, ¡sí que sí!

—¡Me alegro!, pasemos ya. Síganme, por favor…—dijo la doctora, ahogando una encogida de hombros a cuenta de Karina.

˜

En el auto, Adrián jugaba con un avión de papel de color verde que aprendió a doblar él mismo el día anterior en la escuela. Escuchó un “buenos días” de la radio, y recordó las palabras de la doctora, del recién adquirido saludo matinal.

—¿Descansaste bien, mami?

—Un poco— dijo Karina sumiéndose en el silencio una vez más.

Adrián sonreía con toda intención de alegrar a su mamá. Recordaba que media hora antes la doctora le mencionó como en secreto, que a veces sonreír es contagioso, y que si se regala una sonrisa grande y bonita, la gente a nuestro alrededor puede alegrarse. Ahora mismo él intentaba alegrar a su mamá, pero ella no vio ni de reojo la linda sonrisa del pequeño. Ligeramente enfadado, Adrián calló y comenzó a pensar que si no era con su mami, con otra persona practicaría lo de la sonrisa y lo del descansar. Se dijo que necesitaba hacer más grande la sonrisa, para que se viera mejor…

˜

Irene se hallaba sentada a la mesa del profesor en su aula.

Pilar llegó silenciosa y se instaló frente a ella con una expresión devastada. Irene se sintió incómoda en seguida, una ansiedad y temor comenzaron a invadirla desde que Pilar puso el primer pie dentro del aula. Aunque no recordaba la pesadilla de la noche anterior, la situación la había puesto extrañamente tensa…

—Sandy… ¡no me lo vas a creer!

—Nena, qué fue lo que…— dijo Irene interesándose, y dando como por intuición, un tono de compasión a su voz.

—¡Arturo… me ha dejado! — dijo Pilar sin más

—Dios mío… Pilar, mija, dime que no es cierto— Irene comenzó a alterarse más, el recuerdo de la pesadilla comenzaba a regresar. Resbalándosele y a cubriéndola por completo de miedo. Comenzó a mirar cada cierto tiempo hacia la puerta… insistentemente en dirección de la puerta.

—Acabamos de hablar, y me ha dicho que ha encontrado a alguien más que le da todo lo que busca… que se siente pleno… —decía ya lloriqueando Pilar

—¡Pili…!— además del recuerdo ya consciente de la pesadilla, Irene se sentía mal, pues sabía que ella era la amante, la causa de que Arturo dejase a Pilar.

Pilar se arrojó a los brazos de Irene en busca de consuelo. Irene tenía un estado contradictorio; el espectrito de su pesadilla tenía toda la razón en lo que dijo de ellaya que le chocaba engañar a su amiga, pero sentía celos de ella, de los besos que compartía con Arturo, de las veces que lo habrían hecho… de que podían pasearse por ahí como idiotas, sin necesidad de verse a escondidas. Sentía envidia también de su figura, tan perfecta… la piel tan suave… la boca tan roja… los ojos claros como miel… el olor tan rico del cabello… los pechos tan firmes… los muslos tan bien torneados…

˜

Adriancito había llegado tarde aquel día. Salió aún a tiempo del consultorio, pero el tráfico enloqueció a mamá por haberlo hecho llegar tarde. Le prometió helado de postre. Le dio un beso y adiós.

El pequeño fue recibido en la entrada. Como manifestara poder ir solo hasta su aula, le dejaron un instante. Cuando la educadora encargada de llevarlo, volvió a mirar en dirección al niño, él ya se había ido.

Se adelantó hacia el salón.

Llegando a la zona de terceros años, frente a los niños que practicaban educación física en la plaza, escuchó un sonido como de llanto. Interesado, se aproximó al aula, y por ser él más bajo que las ventanas, no podía aun ver lo que sucedía dentro.

Al llegar vio a la maestra Irene llevar a su maestra Pilar hasta una silla, como tratando de tranquilizarla, a la vez que intentaba tranquilizarse. Decidió que las asustadas maestras merecían que les sonriera y estrenara con ellas su nuevo saludo.

—Creo que necesitas tomar al…—dijo Irene interrumpiendo su frase al voltear y ver a Adrián, esbozando una sonrisa antinatural.

El niño creyó que la gran amargura de las educadoras requería una gran gran sonrisa, la cual forzaba en su linda y pequeña cara.

—¡Buenos días, señoritas! — dijo en voz más alta en comparación a lo quedito que hablaba de costumbre.

Decidió aproximarse para poder sonreír de frente a la señorita Pilar, a quien no veía casi el rostro.

Irene se quedó palidísima, inmóvil y casi sin habla.

—¡Adriancito! — exclamó Pilar al verlo, y reponiéndose ligeramente del llanto.

—Yo… Pilar… noera… mintención…— dijo Irene casi balbuceando, mirando alternadamente a su amiga y al chico.

Pilar la miró con expresión ceñuda… no sabía que le estaba diciendo, y no entendía por qué Sandy comenzó a actuar tan extraño, nomas hizo de entrar el niño.

Cuando estuvo bastante cerca, Adriancito, mirando preocupado y extrañado por la señorita Irene, inclinó la cabeza un poco a la derecha, con curiosidad. Notó que la maestra evitaba mirarlo de frente. Luego de unos segundos, como relajándose un poco luego de un ligero silencio, Irene se atrevió a verlo.

Adriancito decidió renovar la sonrisa para alegrar a la señorita.

—¿Descansó usted bien, señorita? — dijo el niño, con la sonrisa más grande que pudo, rasgando sus cariñosos ojos.

La señorita Irene ahogó un grito.

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Daban las 9:30 exactamente. Los alumnos de tercer año regresaban a su aula. El primer chico se que avanzaba en la fila, se detuvo en la puerta. No entendió lo que veía...

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Amanda se quedó profundamente impresionada, cuando luego de preguntarle al pequeño "¿Descansaste bien?" él rompió en llanto.

martes, 6 de abril de 2010

Lo Había Olvidado

La mañana había sido fresca, con un sol cegador y tres nubes visibles; ni dos ni cuatro, sino tres. Y a media distancia de la segunda y la tercera, una tenue imagen de lo que horas antes, con seguridad había sido la luna...

–El trabajo estuvo perfecto– dijo el sinodal como quien no quiere la cosa. Lo dijo mirando hacia abajo por entre las lentes; la voz le salió como muy ensayadamente natural: levantando las cejas ( por supuesto, abriendo los ojos, haciendo notar las pestañas, curiosamente con aspecto quebrado…), y expandiéndolas en señal de admiración.

Javier se aplaudió mentalmente el éxito conseguido, y con una ligera sonrisa de falsa modestia dijo:

–Fue lo más apresurado que pudimos hacer; esperábamos que estuviera bien… nos da gusto que le haya parecido así… así de bien.

La mirada de cualquier compañero de clase en los demás equipos, explicaba bastante bien el “¡púdrete!” que las contenidas gargantas se tragaban para no increpar a voces, sencillamente debido a la presencia del docente mequetrefe.

Todos sabían que aquel en específico, no fue un trabajo de última hora – A diferencia del resto de los equipos– sino que a punta de esfuerzos diarios y correcciones continuas con diversos asesores, lo colocaban como una tesis en forma. Claro es que el hecho de hacer alarde frente a los compañeros, y mostrar una humildad hipócrita frente al sinodal era sólo posible describirlo como “despreciable” y en las miradas de muchos de ellos (y entre sus dientes fruncidos, mostrando parte de las encías y en unos casos, desagradables evidencias de comida), se adivinaba algo mucho más soez que un sincero “púdrete, Javier”

El halago del instructor fue posiblemente la gota que derramó el vaso… y bueno, Javier no hacía mucho por ayudar a vaciarlo. Le daba más desagrado a un hecho ya de por sí irritante.

Sus compañeros de equipo, bien se sabían que el tipo era muy capaz, muy ambicioso (e incluso a veces muy sucio). No había sido ésta la primera vez que Argentina, la chica dulce del equipo, se enojara con él por sus comentarios presumidos para con los otros equipos.

Aquel día, muy contrario a su costumbre, Argentina casi imitaba las caras de “púdrete, Javier”; que además de todo eran bien dirigidas: nadie deseaba algo en contra de Argentina, Fercho, nada contra Diana o Erick; ni aún cuando eran un solo equipo con Javier. El “púdrete” era bien seguro que tenía un destinatario larguirucho y con despreocupado semblante; que no era otro que Javier.

Saliendo el Sinodal, las voces no se hicieron esperar.

–¿Qué te pasa? ¡Bájale!, ¿sí? –dijo irritadísima Argentina.

–¿Se puede saber de qué hablas? – contestó con un afán burlón Javier

–Pasa que es tan imbécil que ni se da cuenta de que lo és –irrumpió Claudia, una chica de otro equipo.

–¡Hey, Hey!, señoritas… yo sólo pienso que honor a quien honor merece…–mencionó Javier forzándose a no soltar la carcajada.

El equipo de Claudia arruinó su presentación debido a un problema técnico, que si bien pudo haber caído sobre cualquier equipo, lo hizo en aquel. La cosa fue, que mientras tanto, Javier se divertía de lo lindo, comentando metáforas viles sobre la estupidez humana, y la necesidad de la gente bien preparada para el futuro.

Como el sinodal le tenía en sobrevalorado concepto, por sus notas y comentarios de clase, se permitió incluso reír de sus excesos, y agregar una línea a la ya interminable palabrería que Javier se sacaba de Dios sabe dónde…

Algo de rubor le cubrió la cara cuando Argentina le preguntó con rudeza si no le bastaba con llevarse la nota más alta del curso. Aunque dos segundos después, “repuesto” de la impresión (y es que enojar de verdad a Argentina no era algo que se debiera tomar a la ligera. Ella comúnmente era un bombón en su trato general), le respondió que sí era suficiente, pero que era mejor que a nadie le quedara la duda, y que él sólo se encargaba personalmente de hacerlo notar.

–Así que, francamente no veo razón para tu disgusto, ni tu fingida compasión –esas habían sido sus exactas palabras, sus infames exactas palabras. Y así terminó él la discusión.

Con lágrimas en los ojos, Argentina se dio la vuelta y casi corrió alejándose (por la expresión que llevaba, hubo quienes creyeron que había visto un monstruo… y quizás esa haya sido la verdad). Diana y Erick, le dedicaron otras tantas miradas del “púdrete” que aún no se desvanecía del todo en el aire del aula y salieron a buscar a Arge…

–¿No me digas que también saldrás llorando? – dijo Javier dirigiéndose a Fercho.

–Hoy no, aún necesito que me lleves a casa. Pero de que te pasaste, te pasaste…– el interpelado, respondió todo con sórdida cara inexpresiva.

Fernando, vecino y amigo de años de Javier, lo conocía mucho más a fondo de lo que incluso Javier, pudiera creer. Fercho era bonachón, pero no estúpido. Y mucho muy práctico. Si no dejó a Javier, fue porque de verdad había olvidado la billetera…

Lo admiraba, aunque le decía sin tapujos sus defectos. Pero su misma experiencia le decía que hacer entrar en razón a Javier era peor que intentar aprender versos en védico estando de cabeza y bajo el agua.

˜

La tarde comenzaba pesada, odiosa, caliente y algo maloliente. Un sonido sobrecogedor, pero que no asustaba a nadie por la continuidad de su vaiven, teñían el naranja del sol de la estación en un algo más que simple luz, un algo que no dejaba sombras por momentos, sino impresiones de esmaltado contorno, sobre el suelo.

Claudia enfurecida. Los otros equipos mandándolo a freír espárragos. Y argentina muy apenada e indignada a causa suya. Javier la había jodido esta vez: lo notaba todo, la verdad no era ningún estúpido.

Saliendo del estacionamiento, un golpe en la parte trasera del carro hizo a Javier frenar la marcha de golpe. Por el retrovisor, vio a Claudia hacerle un gesto obsceno con la mano, y se bajó enseguida.

–No es necesario que dañes mi coche para llamar mi atención… que creo, es lo que pretendes – dijo al tenerla frente a si.

–Puede que tengas razón…– repuso ella con un guiño y con los brazos lo atrajo hacía sí, como para besarlo. Javier se dejó hacer, la verdad era que a Claudia, jamás la despreciaría en ese sentido, pensó.

–¡Arghh!

–Tenías razón, cariño, es más fácil llamar tu atención hiriéndote directamente. – dijo Claudia luego de darle un rodillazo en la entrepierna.

Antes de que Claudia se alejara por completo, Javier, como pudo, se puso de pie, y fingiendo una postura relajada, apoyado en el auto (para una carcajada adicional de Fercho, que desde el auto no se había perdido ni un solo segundo de la escena), le alcanzó a gritar:

–¿Hieres a un hombre inteligente sólo porque además es atractivo?

Ella siguió caminando imperturbable.

–¡Esto no lo voy a olvidar Claudia!

Acababa de gritar el nombre de la chica, cuando un sms repentino sonó en su celular; resultó ser un mensaje de ella, Claudia, que decía “Oh sí, lo harás, y más pronto de lo que crees”.

Cuando alzó la vista, Claudia se había esfumado.

Contrariado, le clavó una mirada de rencor a Fercho, que calmó sus risas diciéndose por lo bajo “bueno, ya…”

Diez minutos después, bajando por la carretera que conectaba la bahía con la ciudad, Fercho preguntó qué era lo que tenía el celular. Pues al subir de nuevo al auto, Javier lo arrojó hacia los asientos traseros con una violencia –¿O acaso era temor? –inusual en él.

–Un mensaje de Claudia que no alcanzo a creer. –explicó al fin, luego de unos minutos.

–¿Por qué no? ¿Acaso te invitó a salir? – dijo Fercho como explicándose y empezando a reir solo –Luego de lo que te hizo… – unas risitas irritantes a los oídos de Javier, acompañaron esas palabras, pero se dijo interiormente, que Fercho no era tan voluble como los otros, y que de todos modos, ya tenía algo de lo que quejarse, el dolor no del todo desaparecido en la entrepierna…

˜

Alcanzaron la llamada “Ye”, la conocida intersección con forma de una “Y” griega. En ese cruce, los autobuses tomaban dirección a la izquierda, aprovechando la continuidad que el tope del lado opuesto les permitía, para pasar casi sin tener que hacer el alto común para ese tipo de cruce.

Javier se saltó el tope. Vio de frente, (y aunque el riesgo era mínimo, por la vuelta que luego daría el camión) soltando simultáneamente un grito y un pisotón al freno; que sacudió a Fercho del asiento.

Durante unos diez segundos, en los que Fercho asimiló las cosas, nadie dijo palabra (salvo unas palabrotas, cortesía del ocupante del coche que iba tras ellos). Javier se relajó pero dejó una cara de espanto.

–Javi, ¿se puede saber que diablos te pasa? Siempre te cruzas así, y sabes que no alcanzamos a tocar al camión… ¿qué tienes?

–Lo olvidé… –dijo Javier en un hilo de voz.

–¿Cómo te vas a olvidar? ¡Por Dios! Hace años que casi a diario vamos y venimos por aquí…

–Eso no, Fercho… Lo olvidé

–¿El qué?-dijo ya impaciente Fercho, y es que, el tráfico, a diferencia del mundo de Javier, no se había paralizado.

–Lo que ella dijo… –explicó guturalmente Javier, apuntando al retrovisor.

Fercho primero miró hacia el retovisor, pero como no estaba orientado a su asiento, no vio más que parte de la portezuela del conductor; al voltear hacia atrás…

–Te lo dije, Cariño… más pronto de lo que pensabas– dijo ella (mirando de frente al reflejo de los ojos aterrados de Javier) con una risa inexplicable, era ella, era Claudia riendo mientras que a sus anchas reposaba en el asiento, como si siempre hubiese estado ahí…

Los ojos de Fercho se abrían hasta casi lastimar, y desde luego, los sonidos de claxon seguían exigiendo al imbécil de su conductor, que se apartara, o reanudara la marcha.

˜

Cerró los párpados con fuerza y los abrió. Javier acababa de despeinarse con las manos, y bajarse azotando la puerta y soltando un par de maldiciones. El auto se hallaba incrustado a la derecha del autobús. ¡Vaya si tenía razones para mostrarse irritado!

Una sensación hizo a Fernando mirar hacia atrás. Nada, como debía ser, como siempre había sido.

Seis autos pasaron lentos, con pasajeros que comian con los ojos el accidente e imaginaban cifras para los daños.

El auto de Claudia pasó también junto a ellos. El resto de su equipo de trabajo (las caras atónitas de Diana, Argentina y Erick asomaron entre los cristales del auto azul cielo) iba con ella. Pasaron más lento que los otros autos. Fercho vio con cierto temor a Claudia a los ojos, y ella le sonrió, como satisfecha… Regresó ella entonces la vista al camino, y se alejó acelerando.

– Después de todo, la vida no apesta tanto –se dijo Claudia sonriéndose al espejo de vanidad, lo suficiente alto para que Arge, que iba en el asiento de adjunto volteara notando que dijo algo, lo suficiente bajo para que se le quedara la duda.

–aunque que casi lo había olvidado.

miércoles, 20 de enero de 2010

Tercer Despertar

Estaba yo ahí tendido: frío, inmóvil y sin articular palabra. Lenta, constante, sistemática, ella se aproximaba, con un ruido sordo e invariable, que me indicaba cuán cerca ya estaba.

Se colocó encima mío… traté de no mirar. Fue imposible evitarlo… en mis manos, reposaban un par de cuerpos blandos aún carentes de significado y utilidad; sin notarlo casi, empecé a presionarlos… cada vez con más fuerza.

¿Moverme? Dudo que fuera posible, además; como anticipándose, una etérea voz me dijo en suave advertencia, que no lo hiciera… creo que incluso llorar me fue prohibido; aunque en ese caso fallé: no pude evitar las lágrimas...

Al fin la vi.

Frente a mis ojos, los suyos: un rojo fulgurante me completó el desconcierto. Como hipnotizado, un inesperado punto verde, brillando en el medio de aquel enrojecido ambiente, me obligó a clavar los ojos en él…

Un brillo punzante, que se me hizo mal presagio, me inundó la cara… la conexión había empezado.

¿Qué es dolor? Es un aria de ópera en primera fila, cantada como en susurro por mil voces de gutural y angelical duplicidad, mientras que en medio de un pánico escénico callan interminablemente, haciendo que su silencio resulte una aún más letal punzada que va desde un oído hasta el otro… y que claro, jamás nunca es olvidado por entero...

Aquella palabra, Dolor, primero se reinventó a mi derecha: como en sistemático avance, sus ojos encontrados con los míos, a semejanza de agujas, me envolvieron en su cruenta danza… Imaginé a Milo de Escorpión y su uña escarlata: sus letales pinchazos sin duda quitaban vidas, pero un toque adecuado en el sitio correcto, cual feroz acupuntura; podría al último segundo, dotar de vida al más estropeado moribundo.

Con aquella extraña fe, le hice frente. El dolor a mi izquierda, con todo, se me hizo insufrible… una y otra vez ejecutó su mortífera coreografía frente a mí. Me sentía desfallecer luego de tres ocasiones que le resistí, aunque la misma voz me dijo que aún no era momento…

El fulgor rojo cesó. Una niebla y una gélida lluvia me empañaron la visión. Los punzantes haces de luz se desvanecieron, su mirada se apartó de mí… Ella se fue así como vino; lenta, impasible, sorda… Mis manos soltaron por fin las ajenas y blandas redondeces; y en medio de un llanto atenuado, me puse de pie.

En medio de un ensombrecido llanto me alejé de aquel lugar… no puedo, no obstante dejar de sentir que mi vida acaba de empezar. ¿Aquel cíclope esmeralda, me ha brindado, sin saberlo, el tercer despertar?

¿Gané? … del encuentro con ella pude salir caminando, aunque últimamente, un recuerdo suyo he notado; y es que sin duda me ha marcado: con enigmáticas lunas rojas, que en ambos ojos me ha estampado…